Wednesday, October 11, 2006

Encadenado Escritorio

"Aunque G.G. conocía su caja de arriba a abajo, sus manos se iban haciendo cada vez más lentas. Simplemente había manejado demasiadas cartas en su vida, y su cuerpo, con sus sentidos adormecidos, se estaba finalmente rebelando. Varias veces durante la mañana le vi vacilar. Se paraba y se tambaleaba, entraba como en un trance, luego se recuperaba y ordenaba algunas cartas más. A mí no es que me cayese particularmente bien. Su vida no había sido muy valiente y se había ido convirtiendo en algo así como una masa de mierda. Pero cada vez que vacilaba, algo me estremecía. Era como un fiel y pundonoroso caballo que no pudiese seguir por más tiempo. O un viejo automóvil que se rindiese finalmente, una mañana.
El correo era pesado y, mientras observaba a G.G., sentí temblores de muerte. ¡Por primera vez en más de 40 años podía retrasarse en el reparto matinal! Para un hombre tan orgulloso de su empleo y su trabajo como G.G., aquello podía resultar una tragedia. Yo me había retrasado muchas veces en el reparto matinal, perdiendo la furgoneta, y había tenido que llevar las sacas de correo en mi coche, pero mi actitud era bastante diferente.

Vaciló de nuevo.

Por Dios, pensé, ¿es que nadie más que yo se da cuenta?
Miré a mi alrededor, nadie hacía caso. Todos, en alguna u otra ocasión, habían manifestado su afecto por él. «G.G. es un buen tipo». Pero el «viejo buenazo» se estaba hundiendo y a nadie le importaba. Finalmente, tuve menos correo frente a mí que G.G.
Quizás le pueda ayudar ordenando sus revistas, pensé. Pero vino un empleado y echó más correo delante mío, volviéndome a quedar a la altura de G.G. Iba a ser duro para los dos. Vacilé por un momento, luego apreté los dientes, estiré las piernas, encogí el estómago como alguien al que acabaran de darle un puñetazo y agarré un puñado de cartas.
Dos minutos antes de la hora de reparto, tanto G.G. como yo teníamos nuestro correo ordenado, nuestras revistas clasificadas y en la saca, así como el correo aéreo. Los dos íbamos a conseguirlo. Me había preocupado inútilmente. Entonces se acercó La Roca. Traía dos fajos de circulares. Le dio uno a G.G. y el otro a mí.

-Tienen que repartir esto -dijo, luego se fue.

La Roca sabía que no tendríamos tiempo de ordenar esas circulares antes de la hora del reparto. Fatigadamente corté los cordones que ataban las circulares y empecé a clasificarlas en la caja. G.G. permaneció allí sin moverse, mirando su fajo de cartas.
Entonces dejó caer la cabeza, dejó caer la cabeza sobre sus brazos y empezó a llorar sordamente.
Yo no podía creerlo.
Miré a mi alrededor.
Los otros carteros no prestaban atención a G.G. Estaban con sus cartas, atándolas, hablando entre sí y riéndose.

-¡Eh! -dije un par de veces-. ¡Eh!

Pero no miraban a G.G.
Me acerqué a G.G., le puse la mano en el hombro:

-G.G. -dije-. ¿Puedo hacer algo por ti?

Se levantó de un salto y salió corriendo hacia la escalera de los vestuarios. Le vi subir. Nadie pareció darse cuenta. Ordené unas cuantas cartas más, luego me dirigí también hacia las escaleras.
Allí estaba, con la cabeza hundida en los brazos sobre una de las mesas. Sólo que ya no lloraba sordamente. Ahora estaba gimiendo y sollozando. Todo su cuerpo se estremecía con espasmos. No podía parar.
Volví a bajar las escaleras, pasé a los carteros y llegué hasta el escritorio de La Roca.

-¡Eh, eh, Rocal ¡Por Dios, Roca!

-¿Qué pasa? -preguntó él.

-¡A G.G. le ha dado un ataque! ¡A nadie le importal ¡Está allá arriba llorando! ¡Necesita ayuda!

-¿Quién está ordenando su ruta?

-¿A quién le importa eso? ¡Le digo que está enfermo! ¡Necesita ayuda!

-¡Voy a buscar a alguien que se encargue de su ruta!

La Roca se levantó de su escritorio, dio unas vueltas mirando a sus carteros como si debiera haber algún cartero extra en algún sitio. Entonces volvió a su escritorio.

-Mire, alguien tiene que llevar a ese hombre a casa. Dígame dónde vive y yo mismo lo llevaré en mi coche, luego repartiré el correo.

La Roca levantó la mirada.

-¿Quién está ordenando su caja?

-¡Oh, al carajo mi caja!

-¡VAYA A ORDENAR SU CAJA!

Entonces se puso a hablar con otro supervisor por teléfono:

-¿Hola, Eddie? Escucha, necesito que me envíes un hombre. . .

No habría dulces para los niños aquel día. Volví a mi sitio. Todos los otros carteros se habían ido. Empecé a ordenar las circulares. Sobre la caja de G.G. estaba su paquete de circulares sin desatar. Estaba otra vez retrasado. Había perdido la furgoneta. Cuando volví aquella tarde, La Roca me hizo un expediente de amonestación.
Nunca volví a ver a G.G. Nadie supo lo que le pasó. Tampoco nadie volvió a mencionarle. El «viejo buenazo». El hombre con dedicación. Degollado por un puñado de circulares de un supermercado local, con su oferta: un paquete de un famoso detergente al presentar el cupón con cada compra superior a 3 dólares."

Bukowski, Charles;"El Cartero"

Burocracia.
(Del fr. bureaucratie, y este de bureau, oficina, escritorio, y -cratie, -cracia).
1. f. Organización regulada por normas que establecen un orden racional para distribuir y gestionar los asuntos que le son propios.
2. f. Conjunto de los servidores públicos.
3. f. Influencia excesiva de los funcionarios en los asuntos públicos.
4. f. Administración ineficiente a causa del papeleo, la rigidez y las formalidades superfluas.

Diccionario de la Lengua Española, Vigésima Seguna Edición.

"‘Todo Estado está basado en la fuerza’, dijo Trotsky en Brest-Litovsk. Y (...) ello es correcto (...) Hoy en día, la relación entre Estado y violencia es especialmente íntima (...) En el pasado, instituciones muy diversas -empezando por la estirpe- han conocido el uso de la fuerza física como algo bastante normal. Sin embargo, en la actualidad, debemos decir que un Estado es una comunidad humana que se atribuye (con éxito) el monopolio del uso legítimo de la fuerza física dentro de un determinado territorio."

Max Weber, "La política como vocación"

La violencia emanada de todo Estado, y por ende, de sus instituciones, no solo se reduce a las que tienen la labor específica de actuar como organos represores y que detentan el monopolio de la fuerza física(policia, sistemas de seguridad) sino al conjunto de organismos que actuando como grandes tentaculos del primero, comprimen la existencia individual transformandola solo en engranajes reemplazables, desechables. Estos organismos llamados burocracia(superestructura), se encargan de mantener un statu quo específico en la sociedad, permitendo la continuidad de la vida en el sistema de relaciones economicas(infraestructura) que administran, ya sea capitalismo de estado como en la ex URSS, o en el capitalismo liberal que rige la mayor parte del mundo en la actualidad, cuyo referente rector(expansivo y predatorio) es conocido por todos.